Habitación con vistas X


Habitación con vistas al mar X

 

Tras veintisiete días en el hospital ya está uno un poco harto de todo, se pueden imaginar lo largo que se hacen desde las 6 o 7 de la mañana que empiezan a reponer sueros, sacar sangre… no descansa uno lo suficiente.

 

Pero al fin llegaron mejores noticias, las defensas iban subiendo pero muy despacio, según la doctora era bueno porque una subida muy grande era perjudicial, ya que podría producir también algún retroceso, pero cuando las células llevan dos días en los mismos parámetros y no suben viene algún que otro bajoncillo.

 

Uno se encuentra ya bien del todo, lo único es que tiene pocas defensas, pero todo lo demás está correcto, no tiene fiebre ni malestar ninguno, aún así la medicación continúa porque es lo que ayuda a todo, pero también los antibióticos y todo lo demás tenían su fecha, así el día 17 por la mañana acababan los últimos restos de medicación y teníamos que ver lo que pasaba.

 

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El círculo muestra la ventana con vistas al mar

La mañana se presentó como todas, un poco más nervioso eso sí, a mi compañero de habitación le había dicho la doctora que ese día le daba el alta ya que tenía todo correcto en las analíticas, pero yo estaba pendiente de una pequeña subida que me faltaba. Cuando no llegaron las auxiliares a cambiar la ropa de cama sobre las 8:15 h. como hacían todos los días los nervios aumentaron, una ducha para relajarme fue lo que se me ocurrió, pero la doctora apareció un par de horas antes que los demás días y nos comunicó la noticia, las defensas habían subido lo necesario, oír la voz que dijo “preparad las maletas que os vais los dos, voy a preparar los informes y ahora os doy todas las indicaciones” fue como cuando te dicen que vas a ser padre o madre o que has superado unas oposiciones, la vida empezó a fluir por todo el cuerpo de una manera espectacular.

 

Era el 17 de mayo. Cuando terminamos de recoger todas las indicaciones y alguna medicación que teníamos que traer de allí se nos plantó en las 3 de la tarde, hora propia para, cuando abandonamos el recinto hospitalario, poder quitarme la mascarilla y respirar aire puro, que me diera el aire en la cara y, sobre todo, poder caminar sin tener que llevar un palo a todos sitios y moverte donde quisieras, era el 17 de mayo.

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