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17 Años

El pasado jueves se produjo en Arriate la detención de un menor de 17 años por el asesinato de la niña María Esther. El joven es un chico de la localidad y pidió en varias ocasiones que se detuviera a los asesinos, lo hacía ante los medios de comunicación y no le dolían prendas.

Que un menor con esa edad sea capaz de matar a una niña a la que conocía no nos entra a muchos en la cabeza, no nos podemos creer que alguien le quite la vida a otra persona pero mucho menos que sea a una persona a la que conoces y continúes con tu vida como si nada hubiera pasado, que tenga la sangre fría de asistir a los interrogatorios y no desfallecer, que siga levantándose todos los días para ir a trabajar como si no hubiera pasado nada, que volviera al lugar donde se reunía con otros jóvenes y con la propia víctima los días siguientes sin que no se le revolviera algo en el cuerpo y le hiciera entregarse, no lo podemos creer y no sabemos cómo nos ha podido suceder todo esto a tan pocos metros de nuestras casas.

En estos momentos no sabemos cómo actuar, de qué forma mirar a la familia del detenido, que trato tener con los amigos y familiares de la víctima y del verdugo. Es muy difícil abstraerse de todas estas circunstancias y más complicado aún saber el comportamiento que deberíamos tener, porque lo que no es entendible es difícilmente abordable.

Pensar en la familia del joven, si no sabían nada de lo perpetrado por su hijo, es muy duro. ¿Qué vida le queda a esa familia? ¿Cómo podrán volver a mirar a la cara a su hermano sin ver la cara de la niña a la que asesinó? ¿Cómo pueden volver a la calle y cruzarse con las miradas de los demás vecinos que han visto la detención de su familiar como un acto de justicia?

Los días que quedan por vivir son muy duros, tendremos que confirmar todos los datos, pero el simple hecho de que un joven conocido por todos y con sólo 17 años haya podido matar a una niña de 13 ya es difícil de superar, y no sólo para las dos familias sino por todo un pueblo.

 

 

Publicado en “La Voz de Ronda” 05/02/2011

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Sinrazón

Me van a permitir que hoy os escriba desde la consternación, desde la tristeza y desde la más absoluta de la incredulidad. Si son ciertos los últimos datos que hemos podido conocer no queda otra que estar afligidos y que nos miremos unos a otros sin entender nada.

El pasado miércoles desapareció una niña en Arriate, salió con sus amigas a pasear y no volvió. Lejos de aparecer al día siguiente, no se tuvieron noticias hasta la noche del jueves y con ellas los peores presagios que se podían tener se confirmaron, la niña apareció sin vida y con signos evidentes de violencia (todo según las informaciones que nos han llegado).

Estuve la tarde del jueves tomando un café con unos amigos como hago todos los días, pero no era el ambiente habitual, la tristeza se iba apoderando de todos los que tenemos la pequeña tertulia que se forma ante las tazas humeantes, conforme iban pasando las horas veíamos que aquello tenía mala pinta, nunca había pasado algo parecido en la Serranía y esa era la esperanza, el clavo ardiendo al que nos aferrábamos cómo si en ello nos fuera la vida.

Siempre hay una primera vez para que ocurran casos que veíamos muy lejanos, no esperábamos que sucediera lo que ha sucedido, una desgracia que nos ha puesto en el mapa del maltrato y la sinrazón, nos ha descubierto que no somos diferentes a los demás y que por difícil que lo veamos nos puede tocar a nosotros y bien que nos ha tocado.

Algo debe de funcionar muy mal para que una niña de apenas trece años sufra lo que ha sufrido María Esther. Es el momento de hacer revisión de los actos que nos suceden alrededor y ver en qué estamos fallando, por qué algo no está funcionando muy bien cuándo suceden estas cosas, hechos que creemos lejanos pero nos ha sucedido a los vecinos de la tranquila y maravillosa población de Arriate. Qué el árbol no nos tape el bosque y seamos capaces de atajar estas cosas de raíz. Por el bien nuestro y el de nuestros familiares, hagamos algo.

 

 

Publicado en “La Voz de Ronda” 22/01/2011